martes, 27 de mayo de 2014

El pesimismo revolucionario

En su hermoso libro sobre Walter Benjamin, Michael Löwy usa la expresión "pesimismo revolucionario" para designar la posición política del filósofo judío. Es bien sabido que para Benjamin una genuina revolución no es aquella que se alcanza como resultado del progreso, sino que la comprende como aquella interrupción histórica que busca impedir la catástrofe: “un pesimismo activo, organizado, práctico, íntegramente volcado al objetivo de impedir, por todos los medios posibles, el advenimiento de lo peor”.
Creo que en nuestro tiempo no hay otra manera decente de ser revolucionario. Y también estoy convencido (con Benjamin y Löwy) que esa posición implica rechazar tres actitudes: los pactos gratuitos con los gestores de la catástrofe, el optimismo banal y la parálisis histórica que entiende al tiempo como un continuo vacío, sin contenidos, estable, tedioso. (16 de marzo de 2010)


sábado, 24 de mayo de 2014

REFLEXIONES DEL CAFÉ GAITÁN...


REFLEXIONES DEL CAFÉ GAITÁN: DIRIGIDO A NOSOTRXS Y A USTEDES
(la X es por todXs)

Somos compañerxs de ruta, amigxs, cómplices y aliadxs. Trabajamos en distintas iniciativas, organizaciones y procesos que coinciden en la búsqueda y construcción de propuestas de transformación profunda de las injustas realidades de nuestro país; un cambio protagonizado por la gente colombiana, por quienes desde abajo y en lucha son sinónimo de dignidad y vida. Nos hemos encontrado como parte de un sueño e historia de mucho tiempo: que nuestros recorridos y acumulados distintos no nos separen, que sean potencia creativa para un proyecto en común.  

Somos generación, compartimos el mismo momento. Nosotrxs y muchxs más compartimos también la condición de no haber llegado al poder. Sabemos que nuestro país atraviesa por un momento de importantes definiciones, el ciclo iniciado en la década de 1990 se va cerrando y hay quienes quieren reeditar la Regeneración y el Frente Nacional. En cambio, nuestra mirada está cargada de futuro, se alimenta de la fuerza de la movilización social que ha sacudido el país con sus pasos y propuestas, confiamos en la capacidad de procesos, organizaciones, gente indignada y emputada, nuevas y plurales ciudadanías, propuestas humanas, izquierda, artistas, iniciativas de búsqueda y construcción de democracia. Sabemos que hay con quienes, cómo y con qué gobernar diferente.

Colombia necesita paz, justicia, democracia, soberanía, necesita cambio de modelo y no sólo de fachada: nosotrxs estamos dispuestxs, tenemos con qué asumir el reto de hacer y liderar el tránsito hacia esa Colombia. Queremos ser impulso movilizador de esa posibilidad, que se contagie  la sociedad constituyente y nuestros propios contextos políticos y organizativos; que se extienda a regiones, ciudades y otros países.

El proyecto político que cambie a Colombia ha de ser realmente distinto al tradicionalismo. La ética en la realización de la política es la huella que queremos marcar. Somos hijxs de una generación que tenía como perspectiva no encontrarse. Estamos cansadxs de política de cálculo, muñequeo y manipulación; cansadxs de egos que hablan y deciden solos, de sectarismos, de modos que no sirven y de diferencias por minucias que terminan pesando más que las apuestas estratégicas compartidas. Reconocemos y recogemos la historia, lxs líderes y procesos que ella ha parido. Queremos hacer política para la vida, para mirarnos a los ojos, reconocernos con legitimidad, sabernos iguales y juntar fuerzas para que el poder en Colombia no sea más siembra de  muerte y miseria. Queremos hacer la política para vencer 200 años de engaño y corrupción, 500 años de colonialismo y explotación. No reproduciremos maneras de hacer la política que nos separan cuando necesitamos sumar, queremos dar respuestas distintas a las preguntas acostumbradas. Con solidaridad y unidad queremos decir que lo que es con unx, es con todxs.

Hoy tenemos posturas distintas frente a la coyuntura presidencial. Contrario a lo que muchxs creen y desean, no dejaremos que ello nos aleje de la búsqueda de convergencia que hay que tejer para no ser inferior a lo que la gente colombiana espera de nosotrxs y de nuestra historia. No promoveremos el odio entre nosotrxs, ni señalaremos como fatales o equivocadas las opciones que hemos determinado hacia el 25 de Mayo. Más que nunca queremos disponernos con alegría, voluntad, esperanza y responsabilidad a buscar y constituir los vínculos, puentes, articulaciones que convoquen y consoliden unidad en lo diverso. Queremos provocar una cumbre, minga, marcha, junta, cabildo, mesa amplia, convite, congreso de todas aquellas iniciativas, procesos y organizaciones políticas y sociales que quieren hacer que la paz signifique buen vivir y justicia, evitar que se convierta en frustración y más de lo mismo nombrado distinto.

Nos disponemos y convocamos a la construcción de un pacto generacional, hacia adentro y hacia fuera, con quienes comparten nuestra época y con todxs, un pacto entre nosotrxs y ustedes. Un acuerdo para que lo que hemos esbozado sea posible. Tenemos la obligación ética de hacerlo y no lo pospondremos. Somos conscientes que también depende de nosotrxs. Paz, para cambiar el país, ética para cambiarnos a nosotrxs mismxs, unión, iniciativa y creatividad para cambiar el poder. Nos comprometemos a construir y viabilizar en común las ideas y acciones que éste reto requiera. Con perseverancia, confianza, urgencia y con la certeza de que solos no podemos.

Bogotá, Mayo 21 de 2014.


Abierto a firmas y adhesiones, hasta el momento, han suscrito la carta:

Donka Atanassova, Francisco Javier Cuadros, Marcela Tovar Thomas, Gabriel Becerra, Stepfanía Pinzón, David Flórez, Alix Lesmes, Carlos Alberto Benavides, Alhena Caicedo, José Antequera, Harold López, Luz Estela Luengas, Jaime Salazar, Andrés Camacho, Diana Gómez Correal, Camilo Álvarez, Carolina Moreno, Omar Vera, Cindy Pérez, Alejandro Mantilla, María José Pizarro, David Villanueva, Jheraldin Mosquera Carvajal, Miguel Ángel Barriga, Carolina Tejada, Alejandro Quiceno, Nataly Salazar, Jorge Forero, Jimena Valero, David Uribe, Shaira Rivera, Julio Cesar Pulido, Lorena María Aristizabal, Guillermo Baquero, Francy Franco, Rodrigo Andrés Álvarez, María Rincón Bohórquez, Jaime Andrés Osorno, Edith Parada, Jairo Antonio Rojas, Pilar Suárez, Juan Carlos Gutierrez, Irene Vélez, Manuel Ruíz, Angélica Martínez, Jymy Forero, Lourdes Revelo, Gabriel Rondón, Angélica Medina, Tomás Lion, Gabriela Díaz Montealegre, Juan Ballestas, Catalina Caro, Pavel Santodomingo, Caterina Mantilla, Leonardo Rodríguez, Judith Caldas, Johan Mosquera, Cendi Torres, Marcelo Molano, Natalia Munevar, Camilo Villa, Katherine Duque, Erik Jerena, Inge Helena Valencia, Diego Martínez, Alejandra Gaviria, Nixon Padilla, Kellyn Duarte, Luis Fernando Mora, Marta María Saade, Jorge Mantilla, María del Mar Duarte, Diego Cancino, Liz Rincón, Leonardo Gallo, Angela Pedraza, Federico Giraldo, Carlos Morales, Santiago Peña Aranza, Oscar Bohórquez, Gabriel Delgado, Oscar Pedraza, Jorge Eliecer Rodríguez Peláez, Camilo Reales, Juan Carlos Villamizar, Hernán Camacho, Luis Ángel Salazar, Diego Mariño, Jorge Rodríguez, Rodrigo Valero, Juan Antolinez, Pablo Pardo, Rodolfo Yépez, William Martínez, Tomás Antolinez, Luis Manuel Hoyos, Catalina García, Ernesto Montenegro, Alcira rodríguez, Fernando Martínez, Francisco Saade, Victoria Lucena Goez, Liliana Merchán, Maite Gie Girón, Esteban Caicedo, Silvia Becerra, Juan Carlos Houghton, Natasha Garzón, John Alexander Sandoval, Jhon Smith Sierra, Jairo Humberto Quique, Tania Rodríguez Triana, Santiago Peña, José Luis Pastrana, Vladimir Rodríguez, Juan Carlos Prieto, Leonardo Salcedo, Daniel Bejarano, Marcela Vera, Jairo Jiménez, Camila Rodríguez, Carlos Paredes, Juan David Ojeda, Vladimir Villamizar, Natalia Jiménez, Ana María Solarte, Carlos Andrés Gómez, Sandra Viviana Alfaro, Pol Villalobos … siguen firmas

sábado, 10 de noviembre de 2012

¿Cómo empieza la literatura europea? Con una pelea


¿Sabéis cómo empieza la literatura europea? -preguntaba tras haber pasado lista el primer día de clase-.  Con una riña. Toda la literatura europea surge de una pelea —y entonces tomaba su ejemplar de la Ilíada y leía a la clase las primeras frases—: "Canta, diosa, del peleida Aquiles la aciaga cólera, desde que una querella hubo de desunir a Agamenón, rey de los hombres, y al divino Aquiles". ¿Y por qué se pelean estos dos violentos y poderosos personajes? Es algo tan básico como un altercado en un bar. Se pelean por una mujer, una muchacha en realidad. Una chica robada a su padre, raptada durante una guerra...


Una pelea, pues, una brutal pelea por una joven, por su cuerpo juvenil y las delicias de la rapacidad sexual: ahí, para bien o para mal, en esta ofensa contra el derecho fálico, la dignidad fálica, de un enérgico príncipe guerrero, comienza la gran literatura imaginativa de Europa...

Philip Roth
La mancha humana

martes, 6 de noviembre de 2012

Obama y Ordoñez, dos elecciones, tres lecciones


Cada cuatro años, en plena campaña electoral gringa, una firma encuestadora se dedica a hacer la pregunta usual: ¿por quién votaría usted para la presidencia de Estados Unidos?  Lo peculiar de la pregunta no es su contenido, sino su contexto, pues esta firma no interroga a los ciudadanos estadounidenses, sino a los habitantes de otras latitudes. La encuestadora se dedica a preguntar por las preferencias electorales de quienes no pueden votar en dichas elecciones. La expansión de las redes sociales ha permitido algo similar. En las últimas semanas los ciudadanos de todo el mundo han mostrado sus preferencias electorales, aunque la mayoría de las opiniones no cuente para nada, pues no las emiten votantes efectivos sino meros simpatizantes entusiastas. 

Un rasgo curioso de esas opiniones entusiastas pero inútiles lo encontramos en la división de los activistas de izquierda. Los más cercanos al centro liberal no dudan en calificar a Obama como un hombre progresista que promueve políticas que bien merecen su defensa, entre ellas, la despenalización del aborto, la igualdad de derechos para las parejas del mismo sexo, la promoción de la equidad en salud, la lucha contra el cambio climático y una política intervencionista para paliar los efectos de la crisis económica. Los partidarios de la izquierda radical tienen una actitud bien diferente, pues consideran que las diferencias entre Romney y Obama no son decisivas, afirman que la política exterior de ambos conserva los viejos tintes imperialistas y que el manejo macroeconómico sigue beneficiando a las grandes empresas estadounidenses, como lo ha evidenciado el salvavidas arrojado a los grandes bancos y el apoyo a General Motors y Chrysler. 

¿Cuál debe ser la actitud del izquierdista radical? Una respuesta desestabilizadora fue formulada por Slavoj Žižek. Para él, la izquierda debía tomarse en serio a los extremistas de derecha por encima de los demócratas liberales: “A pesar de que, por supuesto, en cuanto al contenido de la mayoría de los temas debatidos, un izquierdista radical debe apoyar la posición liberal (a favor del aborto, contra el racismo y la homofobia, etc.) jamás hay que olvidar que el populista fundamentalista, y no el liberal, es a largo plazo nuestro aliado”[1]

Precisamente, lo que la izquierda radical debe evitar es la reducción a uno de los dos polos de las exigencias de los movimientos progresistas, el reto consiste en imaginar las posibilidades concretas de vinculación de tales demandas. 

Lo anterior cobra sentido por dos razones: 

En primer lugar, los votantes afectos a la ultraderecha tienden a pensar como los viejos militantes de izquierda radical. Curiosamente, hoy los populistas de derecha tienden a preservar la vieja noción de antagonismo abandonada por la izquierda liberal. Mientras el grueso de la socialdemocracia europea y los Demócratas estadounidenses tienden a basar sus programas en temas como la lucha ambiental, antirracista y antisexista, la derecha conservadora, insiste (¡oh sorpresa!) en el escenario de la lucha de clases. Para Žižek, la mayoría de los electores afectos a la ultraderecha contemporánea son obreros y trabajadores pobres que rechazan las políticas liberales de la diferencia, y quienes leen las consignas feministas y antirracistas no solo como una amenaza inmoral a su modo de vida, también como consignas que no les pertenecen. (Expuse las tesis de Žižek con mayor detenimiento en mi escrito "La revolución en los tiempos de la tolerancia", de donde tomo algunos apartes http://www.rebelion.org/docs/76511.pdf). 

En segundo lugar, si los debates políticos contemporáneos se centran en temas como la inmigración, las parejas gay o el calentamiento global, esto se explica gracias a dos fenómenos: el desplazamiento de lo económico a un saber técnico-objetivo y la “naturalización” de los debates políticos. En los debates públicos se habla cada vez más de temas “naturales” como el medio ambiente o los orígenes étnico/nacionales de los individuos, y menos de los temas ligados a la política económica. Por eso las diferencias entre Romney y Obama son diferencias pospolíticas, pues dejan de lado la discusión sobre los puntos nodales que en nuestro tiempo definen lo político: las dinámicas puntuales de la acumulación de capital. 

La tesis de Žižek es atractiva, pero débil, pues tiende a entrar en contradicción. Aunque afirme que la izquierda radical debe evitar la reducción a uno de los dos polos de las exigencias de los movimientos progresistas, de facto le da mayor peso al polo económico. En segundo lugar, el debate Obama-Romney sí marcó distancia en los temas económicos, así que su tesis ya no es tan pertinente. En tercer lugar, si algo nos ha mostrado la ecología política, es que la discusión sobre el medio ambiente y el cambio climático no se puede desligar del examen de las actividades de las grandes empresas capitalistas.   

Por último, lo más importante. La posición del esloveno nos llevaría a tomar decisiones contraintuitivas. Un buen ejemplo es el procurador Alejandro Ordoñez, reconocido misógino, homofóbico y tradicionalista. Hace un par de semanas Ordoñez se solidarizó con la huelga de los trabajadores de Asonal judicial y en otras ocasiones ha protegido los intereses de sindicalistas y los derechos de los trabajadores. Pareciera que Ordoñez es el típico fundamentalista que se preocupa por las clases trabajadoras y que rechaza los excesos liberales en nombre del tradicionalismo popular. ¿Debemos ver a Ordoñez como nuestro aliado a largo plazo? CLARO QUE NO...

Me parece que la reelección de Obama y la probable reelección de Ordoñez como Procurador nos exigen repensar los términos del debate político, pues las imaginaciones de la política lacaniana del acontecimiento no nos llevarán a buen puerto. Al respecto quiero sugerir tres puntos.

En primer lugar, quiero destacar la noción de "campo de incompatibilidad", introducida por el filósofo británico Peter Strawson. Cuando utilizamos un determinado predicado trazamos un límite para dar a entender que un objeto se encuentra de este lado de la línea divisoria y no del otro, ya que con la predicación clasificamos-comparamos y distinguimos un objeto. Por lo anterior, Strawson afirma que la determinación de una predicación no consiste en que el predicado sea diferente de todos los otros predicados, sino que mediante el predicado el objeto se diferencie de otros en un campo determinado. Strawson llama a lo anterior campo de incompatibilidad pues si yo digo: “esto es rojo”, eso implica que no es amarillo, ni gris, pues estos predicados entran en el mismo campo de incompatibilidad; si digo “esto es rojo”, el predicado rojo no entra en el mismo campo de incompatibilidad del predicado, “duro”, “anguloso”, o “áspero”. 

Aunque técnicamente la analogía no funcione plenamente, esta noción me parece clave para pensar la política, pues las oposiciones antagónicas cobran sentido en campos de incompatibilidad concretos. Puedo apoyar a Obama frente a la despenalización del aborto, pero oponerme a él en materia de política exterior, así como puedo coincidir con Ordoñez en el paro judicial pero oponerme en todos los demás campos de incompatibilidad. Asumir que nos adherimos a las figuras políticas en bloque, sin detenernos en cada campo de incompatibilidad, puede llevarnos a perder reflexividad y prudencia. 

En segundo lugar, merece la pena retomar la noción gramsciana de Hegemonía. La clave de la victoria de Obama u Ordoñez no radica solamente en las decisiones que puedan tomar, sino en las ideas y valores que representan. La victoria de Obama es un respiro para quienes temían el retorno de esa inestable suma de fanatismos que agrupa a los libertarianos neoliberales frenéticos, a los pastores evangélicos y los integrantes del Tea Party. Este es un punto para los liberales adictos a Obama. 

La tercera lección es la "apelación al contexto". Aunque la izquierda liberal colombiana o latinoamericana pueda celebrar la victoria de Obama por los valores progresistas que defiende, lo cierto es que el contexto en el que vivimos no nos permite mayor satisfacción, pues tales valores progresistas solo beneficiarán a la población estadounidense. Podrá legalizarse el matrimonio gay y despenalizarse el aborto, e incluso podrá mejorarse la cobertura en salud, pero al mismo tiempo se aplicará con rigor el TLC, y se expandirán las bases militares en América Latina. Un bombardeo efectuado por un avión no tripulado manejado por un operario gay con un buen seguro de salud, sigue siendo un bombardeo. Este es un punto para los radicales de izquierda que critican a Obama. 

La gran dificultad que vive la izquierda contemporánea radica en cómo conjugar las demandas por redistribución económica con las demandas por reconocimiento moral, como bien lo ha planteado Nancy Fraser. No obstante, a esas demandas deben sumarse dos: la apuesta política por la soberanía de los pueblos y la defensa del ambiente. Aunque el programa de la izquierda deba contener los cuatro tipos de demandas, ellas solo cobran solidez en campos de incompatibilidad precisos y contextos determinados; es allí donde se juegan tanto el antagonismo como la acción efectiva. 



[1] Žižek, Slavoj, La suspensión política de la ética, Buenos Aires, Ed. FCE, 2005, p 77.



martes, 23 de octubre de 2012

La sociedad del Photoshop. Apunte sobre Pacific Rubiales


En su ensayo La fotografía, escrito a finales de los años 20 del siglo pasado, Siegfried Kracauer relata un episodio que bien resume los contornos de nuestra época: “Un hombre retratado por Trübner le pidió al artista que no olvidara las arrugas y pliegues de su rostro. Trübner señaló hacia la ventana y dijo: Allí vive un fotógrafo. Si desea tener arrugas y pliegues dígale que venga; él se los podrá dibujar; yo pinto historia”.

Para Kracauer la fotografía riñe con la historia, pues la genuina historicidad requiere superar la superficialidad que entrega la imagen fotográfica. De ahí que señale: “en la obra de arte el significado del objeto se convierte en un fenómeno espacial, mientras que en la fotografía el fenómeno espacial de un objeto es su significado”.

A mi juicio, Kracauer apuntaba a afirmar que la obra de arte podía condensar en el espacio todo el significado de una época, mientras la fotografía es un reflejo efímero de  significado histórico. La superficialidad de la fotografía entraña el peligro de reducir la reflexividad sobre el sentido de la historia al resumen instantáneo que congela los procesos históricos. La obra de arte da que pensar, la fotografía nos ahorra ese trabajo diciéndonos qué debemos pensar. La obra de arte revela la historia, la fotografía la desplaza. Lo anterior se puede ejemplificar con el contraste entre el Guernica de Picasso y la famosa foto del Che Guevara tomada por Korda; el cuadro es un testimonio reflexivo de la masacre, mientras la foto bien puede anular la significatividad del héroe representado que puede pasar a convertirse en un icono vaciado.

A pesar de su lucidez, en nuestra época Kracauer se queda corto. El relato aludido se puede reescribir hoy de otra manera. Hoy es más adecuado decir: “Un hombre retratado por un fotógrafo famoso le pidió al artista que borrara las arrugas y pliegues de su rostro. El fotógrafo señaló hacia la ventana y dijo: Allí vive un publicista. Si desea borrar sus arrugas y pliegues dígale que venga; él los podrá borrar con su computador; yo retrato su rostro tal cual es”.

Si la fotografía convierte la historia en una sucesión de imágenes superficiales, en nuestra época se hace habitual la manipulación de esa superficialidad. Aunque las imágenes fotográficas sean superficiales aún pueden entregarnos algo de veracidad. En nuestra época se evidencia la sucesión de imágenes vacías sobre las que no podemos estar seguros si son veraces o manipuladas. Nuestra época se dedica a horadar las ruinas. Ya no basta con pretender raptar el sentido de la historia, también se rapta la veracidad de los hechos inmediatos. 

No basta decir que vivimos en la sociedad de la imagen. Es preciso anotar que hoy no podemos saber con propiedad qué imágenes son veraces y qué imágenes son falsas. 

***

El caso de Pacific Rubiales es una buena muestra de la ruina de nuestra época. Tenemos evidencias para mostrar que es una compañía que despoja territorios, que atenta contra los trabajadores, que saquea los recursos naturales de la nación. Pero a pesar de los hechos, ante la opinión la empresa aparece como defensora del país: el jugador n.° 12 de la selección Colombia, el agente del progreso en las regiones, la empresa benefactora de los pobres, el ángel guardián de los indígenas. Para lograrlo ha invertido millonarios recursos en comprar periodistas y medios de información que aceptan unas cuantas monedas para mentirle al país de la manera más descarada. 



El caso del columnista Daniel Pardo, retirado de un medio digital por criticar a Pacific y señalar la campaña de mentiras impulsada por la compañía, nos deja al menos tres lecciones. En primer lugar, que la primera tarea de quienes buscamos una sociedad más justa consiste en señalar los hechos que las imágenes manipuladas se empeñan en negar o en ocultar. En segundo lugar, que no basta con señalar los hechos, es necesario saber que decir la verdad no basta en una sociedad donde la información es abiertamente manipulada. Por eso es necesario impulsar una batalla por la verdad en medio de la inmensa ofensiva de la mentira. En tercer lugar, que es necesario desconfiar de las posiciones que defienden la "construcción contingente de la realidad", pues de manera soterrada respaldan la manipulación de los hechos. 

Defender hoy la objetividad es una tarea ética fundamental. Los trabajadores que se enfrentan a los desmanes de Pacific Rubiales no luchan únicamente por mejores condiciones de trabajo, luchan también por el derecho a la verdad, en una sociedad marcada por el dominio de la mentira.    



   

lunes, 8 de octubre de 2012

El liberalismo y las analogías. Otra mirada al triunfo de Chávez



¿Cuántas elecciones ha ganado Chávez? No lo tengo claro, pero sé que el número ronda la decena. Ayer, domingo 7 de octubre, ganó nuevamente. No es difícil predecir las reacciones: la izquierda rebosa de alegría y la derecha se resigna.

Pero resulta que hoy no son interesantes ni los ganadores ni los perdedores. Lo interesante es la opinión liberal, aquella que no hizo campaña frontal por Capriles, aquella que incluso resalta los logros sociales de Chávez, pero que censura que el mandatario ganara una nueva contienda. Es la posición de la justa medida, del “nada en exceso”. Una buena partidaria de esta posición diría algo así:

-Es importante que Chávez sea presidente, ha hecho cosas buenas por los pobres, pero ¿atornillarse en el poder? Eso es un tipo de dictadura.

Esta posición tiende a partirse en dos, por un lado están quienes apoyan a Chávez pero quieren que pierda, por extraño que suene. Como afirma Óscar Guardiola:

“Parte de mí preferiría que Chávez perdiese las elecciones. Ello confirmaría que la democracia y el socialismo son compatibles, permitiría ver qué puede hacer la oposición en el poder y al proceso revolucionario mantener la salud con o sin Chávez”[1].

Los segundos son más interesantes. Sus ataques no se dirigen al presidente re-electo, el genuino objetivo de sus invectivas es la izquierda colombiana. Una partidaria de esta posición (me encantaría citar a una sola persona, pero son varias) dice algo así:

-No entiendo a quienes se opusieron a las reelecciones de Uribe y ahora celebran la victoria de Chávez. Parece que aborrecen los excesos de la derecha pero celebran los excesos de la izquierda: ¡Hipócritas!  

En apariencia su argumento es contundente. Pero considero que hay cuatro razones para no aceptar esa posición.

En primer lugar, la tesis de la sustracción. Quienes nos enfrentamos a la reelección en Colombia hace unos años no nos opusimos a la figura de la reelección en abstracto, como figura constitucional. Más bien quisimos evitar la relección de Uribe, así, con nombre propio. Asumir que la política depende de las formas sin mirar su contenido, desemboca en su vaciamiento. Aquí recuerdo la tesis de la “política de la sustracción” de Alain Badiou, donde una pequeña diferencia modifica todo un conjunto. Un buen liberal afirma: “Chávez y Uribe son iguales, ambos buscan permanecer en el poder, ambos controlan el Estado, ambos desconocen a la oposición”. Entonces el socialista pregunta ¿Cuál es la diferencia entre ambos? Y la respuesta es obvia: Que uno es de extrema derecha y el otro es un socialista. He aquí el impasse del liberal, la pequeña diferencia entre ambos es una diferencia abismal. La política no se reduce a procedimientos.

En segundo lugar la tesis de la transición. Una persona democrática no ve con buenos ojos que un solo individuo gobierne por veinte años sin alternación. Pero, parafraseando a Hilary Putnam, “la política no está en las cabezas”. La política no se vive en un mundo ideal donde la acción se rige por normas universales. Solo dos tipos de individuos pueden guiar sus acciones ceñidos a normas abstractas universales: los santos y los que no actúan. De eso se trata la conocida crítica de Hegel al alma bella kantiana. Quien no actúa puede sentirse cómodo censurando las acciones ajenas, pero quien actúa debe asumir decisiones que en muchos casos son dolorosas. Creo que era el jurista Manuel Atienza quien hablaba de los casos trágicos, aquellos donde cualquier decisión implica consecuencias que contravienen nuestra moralidad; en esos casos no hay opción, debe asumirse que la decisión a tomar tendrá alguna repercusión indeseada. En los tiempos de transición política es habitual que quienes actúen se vean sometidos a estas situaciones. Si hasta ahora el PSUV no tiene un líder de las calidades del presidente, ¿Qué hacer?

Entre el candidato socialista que se aferra al poder y el candidato de los ricos de Venezuela ¿cuál es la mejor opción? Un buen liberal puede responder dos cosas. Puede decir que prefiere a Capriles y así la discusión queda zanjada. También puede decir que prefiere una tercera alternativa, ni Capriles, ni Chávez, alguien que tenga algo de socialista pero respete el liberalismo político. Ese personaje hay que buscarlo en los manuales de zoología fantástica de Borges, porque en la vida real no existe. 

La tercera es la profundización de la democracia. Quienes critican a Chávez por “dictador” analizan con ligereza las instituciones venezolanas. Olvidan que el sistema electoral venezolano es profundamente transparente. El voto electrónico está tan bien diseñado que la oposición bien sabe que es muy difícil hacer fraude hoy día. La constitución venezolana incluye puntos democráticos que en regímenes liberales son impensables. Toda reforma constitucional, por ejemplo, debe ser aprobada por consulta popular. Y claro, debe recordarse que  Chávez es el único presidente de la región que se ha sometido a un referendo revocatorio.

Es muy extraño el totalitarismo chavista: no se puede hacer fraude en las elecciones, las reformas de la constitución se hacen con participación popular y el presidente puede ser revocado. Los liberales no han reparado en que la constitución venezolana implica una profundización de la democracia. Quienes tildan de antidemocrático a Chávez asumen que la democracia liberal es el único tipo de régimen a defender.

La cuarta tesis es el apoyo ponderado. Quienes hoy celebramos la victoria de Chávez no tenemos porqué compartir todas sus políticas o todas sus decisiones. Yo mismo no comparto la retirada de Venezuela del Sistema Interamericano de Derechos Humanos, ni sus alianzas con Putin y los Chinos, e incluso creo que aún falta mucho en materia de productividad y redistribución de la riqueza. Pero apoyar a Chávez es apoyar el retorno de la esperanza para los pobres en América Latina.  Con Chávez los pobres dejaron de aparecer como los personajes de las telenovelas de Venevisión cuya redención consistía en casarse con un rico. 

Con Chávez los pobres reclaman su lugar en la historia.                     

Apostilla: Aunque Hannah Arendt fuese una gigante, hay mucho de tramposo en su libro Los orígenes del totalitarismo. En las dos primeras partes de ese trabajo se ocupa de una genealogía del antisemitismo y el imperialismo que explica bien los orígenes del fascismo y el nazismo. Pero cuando llega a la tercera parte, Arendt procede por analogía; empieza a mirar en qué se parecen Hitler y Stalin para compararlos. El nazismo se explica por sí solo, pero el estalinismo se explica por comparación. Una buena liberal tiende a apoyarse en analogías para defender sus posiciones, pero esa estrategia tiende a ser muy débil.


El caso de Jacques Rancière es mucho más triste. Hace unos días declaró: “cuando veo que Hugo Chávez quiere ser presidente por tercera vez, me digo que está lejos de ser un demócrata. Un demócrata es aquel que crea las condiciones para que alguien lo suceda cuanto antes. Para que no haya precisamente necesidad de un jefe, de una encarnación suprema de la nación”[2]. Es triste porque su libro El desacuerdo apunta a pensar la política de los políticos por encima de la política de los filósofos. Es terrible la posición de un antiplatónico que se asuma como rey filósofo.   
  
Alejandro Mantilla Q.
8 de octubre de 2012
   





[1]La cuestión Chávez”, El Espectador, 25 de septiembre de 2012.

domingo, 1 de julio de 2012

El Titanic de Santos




De la Locomotora al Titanic

Desde el inicio de su mandato el presidente Santos ha usado a la locomotora como la alegoría  que define los propósitos de su gobierno. Esa imagen no es una casualidad, desde el siglo XIX la locomotora es el símbolo del progreso capitalista que penetra en los territorios para generar ganancias. La irrupción del tren refleja el fin de la vida tradicional que le abre paso a la tecnología y al dinero.    Para un gobierno cuyo principal objetivo es la atracción de capital inversionista, la locomotora es una buena alegoría, especialmente porque la mayoría de la inversión extranjera que llega a nuestro país está enfocada a actividades que penetran en los territorios de campesinos, indígenas y afrodescendientes: la minería, los hidrocarburos, la infraestructura y los agronegocios.

Hace unos meses mi buen amigo José Antequera me recordó que otra buena alegoría del progreso capitalista es el Titanic, el barco de inmensas proporciones que pretendía cruzar el océano llevando lujos, riquezas y trabajadores. Esa inmensa nave es la alegoría del fracaso del progreso, pues el barco sucumbe al estrellarse con la naturaleza. La vanidad humana que construyó semejante aparato se vio humillada por un bloque de hielo que se le atravesó en el camino. Irónico. Una de las mayores muestras del progreso capitalista fue destruida por agua. El bloque de hielo que hundió al Titanic no era más que agua en estado sólido. El mismo líquido que se desvanece entre nuestros dedos puede acabar con un transatlántico cuando cambia de estado. Un iceberg es una buena alegoría para describir al movimiento popular.   

Entre prebendas y privatizaciones

El gobierno Santos encontró en su reforma a la justicia su propio Titanic. Esta iniciativa buscaba dos objetivos. Por un lado, buscaba generar beneficios jurídicos para congresistas y magistrados. Para los primeros incluía mayores garantías jurídicas, entre ellas la doble instancia en sus procesos, eliminación de conflicto de intereses al discutir ciertos proyectos de ley, e incluso su juzgamiento por un órgano congestionado que no podría investigarles como es debido. Los magistrados, a su vez, se vieron beneficiados con la ampliación de su período. Así el gobierno nacional quería premiar a un congreso que ha sido obediente con la agenda legislativa y asegurarse el respaldo de una rama judicial que en un primer momento planteó reservas frente a la reforma. En suma, Santos buscaba consolidar la coalición de “Unidad Nacional” para ganar mayor gobernabilidad; las prebendas, que incluían buenas dosis de impunidad para los congresistas eran el mecanismo más adecuado.   

En segundo lugar, la reforma insistía en la agenda privatizadora que ha rondado a la administración de justicia en las últimas tres décadas. Aludiendo a la necesidad de “descongestionar” la rama, la reforma pretendía trasladar funciones judiciales a abogados particulares y notarios, así como dar un andamiaje a los procedimientos de solución de conflictos en el marco de los Tratados de Libre Comercio firmados por Colombia.



Las fisuras en el barco de la “Unidad Nacional”

Y luego la historia conocida: el Titanic se hundió. Sabemos que la reforma llegó a los extremos en la conciliación, cuando se introdujeron los adefesios jurídicos que indignaron al país. Cuando esa indignación fue creciendo el gobierno intentó salvarse señalando la responsabilidad exclusiva del congreso. Los congresistas acudieron juiciosamente a hundir la reforma en sesiones extras, pero le cobraron al gobierno su falta de respaldo, no fue una casualidad que el Ministro del Interior recibiera  silbidos de los representantes cuando les agradeció su obediencia. 

No obstante, es claro que el gobierno también tiene responsabilidad política aunque haya querido lavarse las manos hundiendo la reforma. La actitud de los conciliadores no contravino al gobierno, más bien, ellos asumieron que tenían en sus manos la facultad de aprobar de leyes que les favorecieran. Como en las aventuras del buen soldado Švejk, se tomaron de manera literal las orientaciones del gobierno y terminaron por escandalizar al país.

El hundimiento de la reforma trae entonces dos consecuencias inmediatas. Los congresistas amenazan con abandonar la obediencia. Sienten que el gobierno los traicionó al dejarles la responsabilidad política de la reforma para salvar el prestigio del gobierno. Así la coalición de Unidad Nacional muestra graves fisuras. Por otro lado, se evidencia una indignación nacional que afecta tanto al gobierno como al congreso. Las encuestas publicadas ayer revelan una caída en la popularidad del presidente Santos que solo puede compararse, dicen los expertos, con la impopularidad de Samper durante el proceso 8000.

El gobierno buscó salvarse pero terminó hundiéndose junto a su frustrada reforma. 

El fantasma de la excepcionalidad: adiós al derecho, bienvenida la política

Una pregunta sigue rondando el ambiente: al objetar la reforma ¿el gobierno respetó la institucionalidad y la constitución, o la violentó sin tapujos? La pregunta surge porque el presidente no tiene las facultades constitucionales para objetar una reforma constitucional y porque el hundimiento no podría hacerse en sesiones extras.

Quienes consideran que el gobierno violó la constitución consideran que el remedio es peor que la enfermedad, pues los funcionarios públicos solo pueden hacer aquello lo que está permitido por la ley. Además, y esto es lo más preocupante, el presidente habría ganado facultades que reconcentran su poder. Como ha planteado Rodolfo Arango:

“Si las pretensiones inconstitucionales del presidente triunfan, los colombianos amaneceremos viviendo en un peor sistema político que el existente. El presidente habrá ganado una facultad constitucional más: la de oponerse a las reformas constitucionales aprobadas por el Legislativo. El régimen político presidencialista hará aún más poderoso al ya excesivamente poderoso presidente, algo parecido a un régimen monárquico, en franca contravía del régimen republicano, democrático y pluralista adoptado por la Constitución de 1991”.

Quienes justifican la actuación del gobierno acuden a razonamientos que desbordan el texto constitucional rozando con lo extrajurídico. Valga como ejemplo la tesis del siempre lúcido Rodrigo Uprimny:

"Junto con Miguel La Rota y José Espinosa… compartimos una regla interpretativa formulada alguna vez por uno de los mejores jueces de la Corte Suprema de Estados Unidos, Robert Jackson, según la cual, uno debe interpretar la Constitución de manera tal que evite convertirla en un “pacto suicida”. Por ello, si una interpretación de la Constitución conduce a resultados catastróficos, entonces es muy posible que esa interpretación sea jurídicamente incorrecta… Después de ese análisis, modifiqué mi primera reacción jurídica y considero que el Presidente puede objetar un acto legislativo".
Pareciera que Arango y Uprimny, dos juristas serios y democráticos, están en absoluto desacuerdo. Pero si analizamos con más profundidad, los dos comparten un punto: la salida propuesta por el gobierno implica salirse del derecho. Arango considera que el gobierno violó la constitución, asumiendo la excepcionalidad jurídica. Uprimny considera que la actuación del gobierno es viable jurídicamente porque permitía evitar un “pacto suicida”, así que una interpretación jurídica amplia tiene sentido como salida excepcional a la crisis.
En resumen, los dos coinciden en caracterizar la decisión como un recurso propio de la excepcionalidad, es decir, la ven una suspensión del derecho. Salvo que mientras uno de ellos censura esa salida, el otro la ve como una necesidad ante la crisis.
La suspensión del derecho explica la realidad de la coyuntura actual: cualquier salida a la crisis del gobierno Santos no pasa por los canales jurídicos, pasa por la cruda expresión de la política. Las tres salidas a la crisis no pasan por el derecho, pasan precisamente por su negación. Santos buscará agudizar la guerra para ganar la opinión pérdida. La ultraderecha encabezada por Uribe llama a una constituyente, retomando la propuesta del prófugo Restrepo. Un sector de los movimientos sociales ha planteado la revocatoria del congreso.
¿Cuál sería la salida más razonable?            
La propuesta de revocatoria del Congreso muestra varias limitaciones: 1) Podría habilitar el escenario de Asamblea constituyente propuesta por la ultraderecha. 2) Limitaría la responsabilidad política al Congreso, cuando la responsabilidad es del régimen en su conjunto. 3) Haría responsables a los parlamentarios que no apoyaron la reforma, situación que generaría obstáculos para la unidad de la izquierda.

Una agenda para la izquierda

El panorama político colombiano muestra que hay tres sectores en antagonismo: El gobierno de Santos y la coalición de Unidad Nacional, la Ultraderecha encabezada por Uribe, articulada en un “Frente contra el terrorismo” que será lanzado en unas semanas, y la izquierda política en conjunto con los movimientos sociales, en un amplio espectro que agrupa a Progresistas, el Polo Democrático, un sector del Partido Verde, Marcha Patriótica y Congreso de los Pueblos[1].

Cada uno de estos tres sectores mantiene antagonismos con los dos restantes, aunque se presenten reacomodos de segundo orden, como el ínfimo grupito llamado “Nueva Democracia” que  se saldría del Polo para unirse a Uribe (de todo se ve en la viña del Señor), o la torpe alianza de la CGT con Santos al inicio de su gobierno. Pero lo cierto es que estos tres sectores están en antagonismo, y que la unidad de la izquierda aún muestra preocupantes bloqueos.

A mi juicio, la mejor salida para la izquierda consiste en aprovechar la coyuntura de crisis política para profundizar posibilidades de unidad en un movimiento político amplio que agrupe a todos los sectores que no acompañan a Santos ni a Uribe. En ese sentido, la izquierda puede proponer una agenda amplia que reúna al menos tres puntos:

1)      La defensa del territorio: contra la minería, los agronegocios, y todo tipo de despojo.
2)      La defensa de los derechos sociales: una reforma a la salud, la defensa de la educación pública, un plan de vivienda basado en derechos y no en la caridad clientelista del Estado, trabajo digno y garantías sindicales, entre otros.
3)      El juzgamiento de todos los delincuentes asociados al gobierno actual y al gobierno anterior, así como el juzgamiento de todos los violadores de los derechos humanos.

Esa agenda para la izquierda  puede ser la base de los esfuerzos de unidad que ya se están tejiendo, así como la base programática de las movilizaciones sociales convocadas para el mes de octubre.

El Titanic va rumbo al colapso, la izquierda dispersa refleja el agua líquida que permite que siga flotando, pero su unidad puede generar un bloque de hielo que lleve al régimen al colapso.








[1] Por lo anterior, la realidad política actual no puede leerse con los viejos adagios de la “contradicción principal”. La buena dialéctica sigue escapando del simple juego de los opuestos. Es buena hora para volver a leer a Marx en El 18 brumario de Luis Napoleón.